Consumos problemáticos en las adolescencias: una mirada integral desde la comunidad y los derechos

A raíz de la reciente charla abierta realizada en el campus de la UNaB, dialogamos con la especialista Gabriela Torres, el referente territorial Luis Suárez y la coordinadora de Salud Mental de Almirante Brown, Romina Roig. Una nota a tres voces que aborda la importancia de la prevención, el impacto de la desigualdad y la necesidad urgente de construir redes de contención sin estigmas.

El Aula Magna del campus de la Universidad Nacional Guillermo Brown (UNaB) en Burzaco fue el escenario de una jornada abierta a la comunidad, destinada a brindar herramientas e intervenciones frente a los consumos problemáticos.

Esta actividad tuvo lugar en el marco de la Diplomatura en Promoción de Derechos y Prevención de las Violencias hacia Niños, Niñas y Adolescentes. Contó con un panel de expositores conformado por la coordinadora del área de Salud Mental de Almirante Brown, Romina Roig; la ex titular de la Sedronar, Gabriela Torres; y el presidente de la Fundación Vida Nueva, Luis Suárez.

Para profundizar en los conceptos vertidos en este encuentro, decidimos hablar directamente con sus tres protagonistas para construir un diálogo que busca echar luz sobre una problemática compleja que requiere respuestas urgentes e integrales.

El consumo como síntoma social y la importancia de “llegar antes”

Para Gabriela Torres, licenciada en Trabajo Social, la primera clave para entender esta problemática es dejar de poner el foco en las sustancias y apuntar a las personas. “Los problemas de consumo son problemas de personas, no de sustancias o de objetos, sino una persona que hace una relación problemática con eso y entiende que ese objeto es lo que ordena su vida”, explica.

Bajo esta premisa, la solución no pasa por la simple prohibición, sino por una reconstrucción vital: “Para que alguien deje esa relación con ese objeto lo que hay que hacer es fortalecerle la vida”.

En ese sentido, Torres enfatiza que la prevención no es una mera acción aislada, sino una construcción producto de la sumatoria de derechos garantizados. “Es prevención que todos los pibes tengan leche, una vacante en una escuela, que existan clubes de barrio, que haya información confiable y seria, o ser alojado con pares. Para los adolescentes es muy importante que tengan deseo, que tengan un mundo adulto que los oriente, que tengan condiciones materiales, que tengan amigos y otras cosas que le hagan tener ganas de vivir”.

Las primeras señales y el acercamiento sin prejuicios

En esta etapa de construcción vital, el rol del entorno íntimo resulta fundamental para detectar y acompañar. Romina Roig advierte que el principal indicio de un consumo problemático radica en las alteraciones de la rutina. 

“Cambios de amistades, de horarios, cambios bruscos de comportamientos o actitudes”, detalló. Sin embargo, aclaró que la adolescencia es una etapa de búsqueda de identidad, por lo cual la clave reside en “conocer a nuestros adolescentes, sostener el vínculo con ellos y acercarnos para que, cuando algo nos llame la atención, podamos actuar sin minimizar, pero también sin dramatizar”.

Cuando estas señales aparecen, el abordaje requiere tacto y empatía. Roig sugiere que los referentes afectivos —familia, escuela, club— habiliten espacios para hablar sobre los sentimientos del adolescente antes de plantear sospechas. “No es recomendable ir a hablar directamente de ‘drogas’ porque, por una cuestión defensiva propia de todo ser humano, es probable que la respuesta sea que no y el joven se cierre”, explica.

El objetivo es que los adultos se posicionen como figuras de confianza. “Es clave no juzgar, no retar, no comparar con otros. Cada uno tramita lo que duele como puede. Habilitar el diálogo es el primer paso para la búsqueda de opciones más sanas”, subraya Roig.

El territorio alerta: edades más tempranas y sustancias más dañinas

Desde la trinchera del trabajo territorial, Luis Suárez aporta una mirada cruda sobre cómo se transformó el escenario en las últimas décadas y advierte sobre dos tendencias alarmantes: “Las edades de inicio de consumo son mucho más tempranas, el contacto con la sustancia es en muchísimos casos desde la infancia”.

Además, señala que “las sustancias son cada vez más adictivas y en las zonas más vulnerables lo que circula son drogas derivadas con muchos residuos, lo que genera un daño mucho más rápido y más fuerte en la salud”.

Las causas de este inicio temprano, según Suárez, están íntimamente ligadas a la falta de proyectos de vida y a la desconexión social. “Los adolescentes hoy no se sienten parte de la sociedad, tienen pocos lugares de pertenencia y de contención; eso hace que se aíslen, se alejen y busquen alternativas para sentirse parte”, sostiene.

En los contextos de mayor vulnerabilidad, la situación se agrava cuando el propio entorno familiar está atravesado por el consumo o el narcotráfico. Suárez relata que muchos jóvenes “crecen en ese ámbito, muchos de ellos son usados como soldaditos y en muchos casos sus familias logran sostenerse económicamente con la venta de sustancias”.

El peso del estigma y la comunidad que sana

Los especialistas coinciden en que la estigmatización y la desigualdad actúan como barreras formidables para la recuperación. Torres es contundente al recalcar que “el estigma y la desigualdad siempre están puestos con los pobres, con los jóvenes pobres, y peor para las mujeres o diversidades sexuales”. 

Para la especialista, este señalamiento social retrasa los pedidos de auxilio y recalca que “si las personas no fueran señaladas cuando tienen un problema de consumo, pedirían ayuda antes; si una familia no es señalada, pediría ayuda antes”.

Frente a este aislamiento, la respuesta debe ser ineludiblemente colectiva. Suárez grafica el poder de la red comunitaria con una historia reciente vivida en su fundación. Una mujer de unos 30 años, que logró recuperar el vínculo con sus hijos y avanzaba en su tratamiento ambulatorio, sufrió una recaída. Consumida por la culpa y sin ganas de vivir, abandonó el proceso y se aisló durante horas.

“Ante la insistencia de muchos de ellos y los mensajes de apoyo, logró pedir ayuda; un grupo de compañeros va a buscarla al lugar donde se encontraba después de pasar todo el día en situación de consumo. Ella se quiebra y pide volver a la Casa de Mujeres”, relata Suárez. Para el referente barrial, “este es un ejemplo de cómo la comunidad transforma, muestra cómo ella pidió ayuda a sus pares, su comunidad que en este caso funciona como su familia”.

Dispositivos de acompañamiento y el rol de las instituciones

Para materializar esta red de contención y lograr procesos de recuperación exitosos, resulta indispensable contar con recursos concretos en el territorio. En el ámbito local, Almirante Brown dispone de un circuito de asistencia pública.

Roig detalla que la Secretaría de Salud cuenta con el Dispositivo de Abordaje de los Consumos Problemáticos en el CAPS 29 de Barrio Esther, que ofrece acompañamiento psicológico, operadoras terapéuticas y espacios para las familias los martes y jueves de 9 a 15. 

“Asimismo, todos los CAPS cuentan con profesionales de salud mental que también pueden realizar una escucha o asesoramiento, y sumamos el servicio de telemedicina que brinda primeras escuchas de manera virtual”, agrega. 

Por otro lado, la Secretaría de Desarrollo gestiona los Dispositivos Panal, con cuatro sedes de funcionamiento vespertino y espacios de acompañamiento para usuarios y familiares.

En esta misma línea de compromiso institucional, Torres destaca el valor de los espacios educativos y universitarios en la trama de la prevención y el cuidado colectivo. “Que existan programas accesibles, gratuitos, de formación, de interpelación de lo que creemos de los temas, de intercambio de experiencias como lo que hace la universidad hoy, es el camino para cuidarnos, para prevenir y para saber qué hacer”, concluyó.